HACIA UNA BUENA ESCUCHA DEL DOLOR: “CUANDO EL DOLOR EN LOS NIÑOS ES MENOS DOLOR”.

Publicado por en Reflexiones

Cuando hablamos del dolor en la infancia parece que todos tenemos claro qué es lo que tenemos que hacer para evitar este dolor, pero contradictoriamente a lo que creemos, cuando nos toca de cerca, tendemos a minimizar el sufrimiento infantil. Y eso nos imposibilita actuar.

Muchos también participamos de ciertas afirmaciones culturales, defensivas, que niegan la existencia del dolor en la infancia. Ejemplo de esto son las frases que escuchamos en la calle, como:

“Cuidar a la infancia es lo primero”, “Los niños van siempre por delante”. “Si hay conflictos, los niños deben estar fuera…”“Lo mejor es para mis hijos”…

O asumimos certezas que en realidad son negaciones de la existencia del dolor en los niños , del tipo : “Si hay niños en la casa siempre hay felicidad”… “La infancia es el período más feliz de la vida”…”Ellos siempre están bien”…”Es un niño, no se entera”…”No padece”. “Exagera”. “Se olvidará” Y similares…

Entonces, realmente ¿cuidamos al niño del dolor? ¿Sabemos escucharlo emocionalmente?

Todas estas afirmaciones hablan en verdad de una defensa, pero sobre todo hablan más de un deseo que de la realidad.

Uno quisiera creer que “la infancia está ajena a cualquier padecimiento”, que los niños no sufren ni física ni psíquicamente, porque asumirlo se nos representa insoportable . Porque aceptar que tu hijo está deprimido o que incluso no sabrás siempre cuidarle y protegerle de ese dolor, es una carga pesada.

Por eso nos defendemos y nos hacemos trampas, algunas muy patológicas y con consecuencias, como son cortocircuitar nuestro instinto materno: Su función. Una función que todos poseemos, hombres y mujeres y que es la que nos ayuda a cuidar y entender a ese ser indefenso desde el primer momento de la vida. Es una función guardiana de la vida, y que si todo va bien, convierte al bebé-cuerpo en un bebé-sujeto.

No quiero hacer demagogia ni dar lecciones de moral sino simplemente rescatar la función importantísima de la escucha del dolor. Y para ello lanzaré ejemplos más concretos de la observación clínica y de la vida diaria a modo de bombardeo, para sacsar el pensamiento y la consciencia de estas trampas y negaciones que nos hacemos para no ver el dolor en el niño.

Empezaré contando una anécdota concreta de una UCI pediátrica para seguir con algunas anécdotas más simples de la vida diaria.

Desde hace unos cuantos años recurro a la misma anécdota para mostrar hasta qué punto NO podemos hacernos cargo plenamente ni del dolor ni de las consecuencias reales en el tiempo de haberlo padecido tempranamente. Y este mini relato viene de la voz de una mamá de UCI.

Imaginaos el escenario: una UCI pediátrica de bebés, la mayoría de pocos kilos y prematuros, junto a otros que habían sufrido complicaciones tras el parto. Todos desnuditos en sus incubadoras, muchos de ellos anestesiados en parte, pero todos ligados a la vida a través de máquinas ultramodernas que miden sus constantes a toda hora.

Del lado humano, lo más importante: el deseo de sus padres de que su niño salga a la vida cuanto antes. Y por supuesto los cuidados de las enfermeras-mamás que cuidan a cada uno de ellos como si fueran suyos.

El caso es que una de las madres estaba intentando a duras penas establecer y no restablecer (estamos en los inicios de la vida) un tipo de conexión emocional con su bebé. Intentaba superar ya la dura situación como es la de ser madre prematura. Quería buscar sentido a lo que estaba ocurriendo con su estrenada maternidad; ya que se supone que esto de ser madre está más cercano a la vida, a la salud en plena potencia, y no una situación cercana a la muerte. Ahí nadie está preparado y es una pérdida de sentido.

La cuestión es, que en esos momentos se da cuenta de la temperatura tan baja que tenía su bebé y le dice al médico de turno que intuía que su hijo tenía frío, que estaba casi segura  y que lo debería  estar pasando mal.

El médico ciñéndose al protocolo : a lo puramente biológico y mecánico, le dijo que no se preocupase, que su hijo no se enteraba, no sentía, porque las máquinas estaban programadas para recibir todas las constantes y los cambios y que ellas le decían que su hijo estaba bien…

Es evidente, que para una madre que siente su instinto en lo más profundo de su ser, porque sigue conectada con su bebé, lo que dice un médico no es suficiente y pondrá todo su empeño en paliar el dolor de su hijo o de intentar al menos restablecer una situación de confort para él, si así lo siente. Porque, que los bebés o los niños pequeños no sepan transmitir su dolor, porque aún no hay palabras, no significa que no lo sientan. Y el frío en estos casos, se representa como doloroso y cargado de vacío, si nadie lo significa, al igual que ocurre con cualquier situación displacentera que pueda sentir.

Además os cuento, que todo lo que ocurre en situaciones así de tempranas, marca un destino, acuñando unas huellas primitivas en el cuerpo y en el alma, que condicionarán la forma de funcionar y de enfrentarse en el futuro, ante nuevas situaciones de dolor.

Por tanto: hay que admitir que hay dolor en la UCI y en los hospitales. Pero sobre todo se vuelve irreparable si alguien no le da sentido. Porque solo hay vacío. Un vacío que duele, aunque algunos se empeñen en negarlo.

La cuestión es, que como ocurre en la mayoría de los casos, fue una enfermera, la que había cuidado y conocía a ese bebé desde el primer día, la que tomó el relevo de la situación. Escuchó a su madre, subió la temperatura, y en ese momento no solo se hizo cargo del bebé sino que la reconoció a la madre en su propia función materna. Es decir, ayudó a establecer esa conexión íntima entre mamá y bebé.

Muchos ya sabéis que las enfermeras, si lo son por vocación, no están solo en función médica operativamente hablando, sino en función materna. Conocen al enfermo y lo cuidan reconociendo la singularidad de cada uno, porque cada uno siente el dolor de una forma particular. Los cuidan y se conmueven con ellos. Ella le conocía, porque hacía funciones que van más allá de lo que dice una máquina o un termómetro de UCI, incluso de lo que dice o calla un llanto.

Pero saliendo afuera, a la cotidianidad, os preguntaré:

¿ Cuántas personas hay, que conocemos, que frente a la observación de momentos de tristeza en un niño o de apatía, intentan distraer al niño ( pérdida de sentido) más que atender a su necesidad? ¿Cuántos no saben reconocer que en cada dolor hay un reclamo, un sentimiento intentando salir? Y ¿cuántos no saben o no pueden discriminar la diferencia entre el dolor físico o el psíquico en un niño y con una misma sintomatología como un dolor de estómago, cabeza o mareos…? ¿ Cuántos adultos incluso se enorgullecen de que su hijo no se queje nunca, porque ven que no molesta y no reclama atención, o porque se entretiene horas jugando solo…? ¿Qué pasa? ¿Qué es superman ese niño o simplemente no hay nadie que atienda su demanda?

Si nos vamos a la rutina diaria del cole. Cuántos de nosotros, yo la primera, hemos mandado a nuestros hijos al cole diciendo “no es nada, ya se te pasará…”, ignorando una queja de dolor porque pensamos que no era cierta o que era mera manipulación.

Y si entramos en el mismo Colegio, lugar que se supone cuida y comprende a la infancia más que otros profesionales, te puedes encontrar personas sin vocación y sin función materna, que no solo no atienden a las quejas de los niños porque no se creen su dolor, sino que encima, les dan “placebos” como el agua para que se olviden de ese dolor, sin escuchar siquiera lo que les aqueja. Es decir, que encima, les confirman que además mienten!. Y que su dolor no será escuchado porque es mentira.

Ufff….Esto me llena de rabia, porque lo veo a diario, y además estas preguntas me las he hecho tantas veces…Porque…¿Quién se puede olvidar del dolor? ¿ hay fórmula?…Si cuando lo tienes invade todo tu ser modificando la realidad incluso que tienes a tu alrededor…!!

En fin….Sería interminable recoger la cantidad de ejemplos diarios sin entrar en la patología en torno a este tema.

-Nos cuesta mucho reconocer el dolor en los niños al igual que nos costó años reconocer sus derechos …Y es más, entendemos el dolor más lejano, pero a veces desatendemos el que tenemos al lado. Porque hablar del dolor en los niños es hablar de un dolor reconocido, propio e inconscientemente cercano, que se hace presente en nosotros cada vez que lo vemos en ellos. Y más si son nuestros hijos. Porque ese dolor nos conecta con nuestra propia fragilidad de entonces, de la que nadie se pudo escapar. Porque todos hemos pasado en algún momento de nuestra niñez por allí, unos más que otros. Porque del dolor nadie de escapa. Ni el más sano-.

Así que, mi reflexión para hoy es: “si lo hemos pasado y sabemos que el dolor acompañado puede ser menos dolor y que el dolor que se reconoce y que se habla puede ser menos intenso o no dejar tanta pérdida de sentido y vacío… ¿Por qué entonces, no atendemos y escuchamos emocionalmente el dolor del niño que tenemos al lado ? ¿Por qué ya no nos conmueve el dolor de nuestros niños?

 

 

Gisela Renes

Es psicólogo y psicoanalista. Miembro del Centro Psicoanalítico Valenciano (APM) y Vocal en Valencia del IEPPM(Instituto de Estudios Psicosomáticos y Psicoterapia Médica).
Especialista en psicosomática y psicoterapia médica. Profesora de PIR-MIR en EVES en la asignatura de Psicoanálisis en niños y adolescentes desde 2009. Ha realizado conferencias sobre psicoanálisis entre las que destacamos algunas como “El miedo escénico; de la emoción a la creación” o “Un cuerpo para dos” en el Colegio de Médicos de Valencia.
Participó como psicoanalista infantil en la sección de Radio 9 " Cosas de nanos". Profesora del Máster de Arteterapia en la Universidad de Bellas Artes de Valencia.
Empieza en la música con veinte años. Mientras estudiabala carrera de psicología en Valencia (España) compaginaba un proyecto de música brasilera.En éste entró en contacto con Nacho Mañó, su marido, con el que hará la mayoría de sus proyectos musicales.

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