¿VOY A MORIR HOY?

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Los que siguen mi Blog saben que esta entrada es la primera después de un gran silencio. Y que solo escribo algo muy personal cuando realmente algo me mueve. Por eso es evidente que este episodio que os voy a contar ha sido de lo más revelador para mí.

Como dice mi amigo Alfonso: “Ya tocaba escribir”.

 …Habíamos venido de un concierto en el Colegio Luis Vives. Y como había terminado temprano, decidimos ir a la Eliana a picar algo. Mi hermana, Nacho, y yo. En realidad era una forma de hacer tiempo antes de recoger a mi sobrina y a mi hija pequeña de su primer fiesta de adolescentes. Y la verdad es, que esta vez, no pesaba nada hacer el esfuerzo de esperarlas. Es más, estábamos disfrutando los tres de esta experiencia de las niñas.

En el camino de vuelta, comentamos cómo había pasado el tiempo y que había sido ayer cuando recogíamos a la mayor, de su primera discomóvil. Recuerdo lo preocupados que estábamos. Y ahora era ella la que organizaba la fiesta y la que cuidaba de que su hermana no se descontrolase.

Cuando llegué a casa me traje esa sensación de tranquilidad pero también de cierta penita por ver como se alejaban. Pensaba en lo diferente que eran entre ellas, en lo diferente de mis preocupaciones según la edad que iban cumpliendo y qué diferente era yo como madre. Tan diferente como lo era cada una de ellas.

Con ese pensamiento aún en mi cabeza me acosté.

Me puse el pijama, cogí el móvil y aunque nunca lo había hecho antes, me hice tres fotos en primer plano. Pensaba utilizarlos para unos dibujos que estoy pintando. Retratos en blanco y negro que supieran transmitir diferentes gestos, emociones, momentos… Incluso le saqué uno a Nacho.

El caso es que uno me gustó especialmente, quizá por la expresión de paz que tenía, y lo subí como perfil al Facebook.

-Ya es hora de cambiar -. Pensé.

Me tumbé en la cama y me quedé dormida.

Al día siguiente, o sea hoy, me levanté más temprano de la cuenta, un poco antes de las 8 de la mañana para ser exactos. Había olvidado poner el despertador a las 5 para tomarme el antibiótico. Así que medio dormida bajé corriendo a la cocina para remediar mi despiste.

¡Sí!. A esa hora tan rara había decidido dos días antes, que me pautaría la dosis.

El caso es, que en el momento que me tragué la pastilla, o más bien intenté tragarla, quedó encajada en mi garganta.

Mi primer impulso de forma instintiva fue toser. Me ahogaba. Enseguida me entraron arcadas…El sabor amargo del antibiótico se mezcló con el miedo. Y un pensamiento absurdo apareció al instante. Todo a la vez y en solo segundos…

Pensé “¿me voy a morir por culpa de una pastilla?¿Este domingo por la mañana? ¿Ahora…Cuando ellas más me necesitan?”.

Se ve que no me venía bien. No así . Y mas ahora que estaba recuperando una cierta tranquilidad después de un período de mucho estrés compaginando trabajo y crianza adolescente.

Si os digo la verdad, no tenía miedo a morir. Creo que no lo he sentido nunca. Y alguno sabe que en alguna ocasión la he tenido muy cerca.

El caso, es que la muerte en sí, es lo que menos me importaba. No me daba miedo morir. Simplemente me parecía absurdo lo que podía cambiar tu vida en solo unos segundos, y más la de mis hijas. Porque al fin y al cabo yo no me iba a enterar.

Pensé también en la situación ridícula de estar salvando mi propia vida, ya que no podía pedir ayuda si me estaba ahogando.

De repente pensé, que si los demás me encontraban así, sobre todo ellas, sería algo demasiado traumático, así que algo me dijo que no me rendiría.

Entre tanto, se me cruzó un pensamiento más absurdo aún, dada la situación. Pensé que Nacho quizás se enfadaría, de un modo defensivo, por todas las veces que me río de él o de las niñas cuando les veo tomar pastillas con un gesto al tragar de lo más exagerado para mí. Y ahora, era yo la que me estaba ahogando. ¡Qué ironía!.

En ese momento me sentí muy ridícula y actué.

-¡Te estás ahogando! Me dije.

Así que fui corriendo a la pila e intenté provocarme el vomito, y así unas cuántas veces. Me metí los dedos hasta la garganta pero todo fue en vano porque la pastilla no salió.

Seguía allí, atravesada en mi garganta, recordándome que estaría allí hiciera lo que hiciera.

Y otra vez , el absurdo pensamiento que me reñía: ¡Tienes que salir de esta!

Y como por arte de magia, empecé a sentir que pasaba un poco de aire. Se ve que algún movimiento intentando vomitar, hizo que cambiara de posición la pastilla. Aunque seguía ahí, ahora podía respirar.

Me senté en la silla de la cocina e intenté tranquilizarme como si fuera mi propia mamá. Tenía los ojos inyectados en sangre como si hubiera estado llorando toda la noche y un sudor frío me recorría aún todo el cuerpo. Todo un cuadro …Bueno, en realidad, nada más cierto y real que casi me muero.

Enseguida recordé toda la cantidad de rituales que dicen que hay que hacer al respecto.

Pero no muy segura de mis certezas acudí a internet, y mientras lo hacía, pensé: si a mis propios pacientes no les dejo que acudan a Google a buscar la salvación de sus síntomas, menos lo tengo que hacer yo en una situación de pánico.

Pero mi desesperación fue más fuerte que mi razón, así que googlé  “pastilla en la garganta. Qué hacer”  Y una decena de entradas aparecieron.

…Tomar agua… Tomar bebidas calientes…Comer pan, plátano, yoghourt … Algo con aceite…Y acudir al hospital en último término.

-Se ve que no soy la única- Pensé.

Después de leerlo todo, pensé mi propio remedio: Un café con leche, tres tostadas de pan de centeno y cereales con mantequilla y mermelada.

- Así se hará una gran masa que arrastre la pastilla. Pensé.

Y a partir de ahí me dediqué a observar si la pastilla pasaba o no.

¡Tiene huevos! porque el placer del desayuno no lo pierdo ni en pleno ahogo. Parecía una escena de Woody Allen y yo la protagonista neurótica de sus films.

Hasta el mantelito para el desayuno me puse.

Al final, poco a poco, después de tres horas, siete minutos, cuatro infusiones de tomillo con miel y decenas de vasos de agua, puedo decir que estoy viva de milagro.

Solo una frase se me quedó clavada en la cabeza, o la garganta, y que hoy quiero compartir . Bueno, en realidad son dos frases. La primera es más evidente, lo absurdo de nuestra existencia. Lo absurdamente frágiles y dependientes que somos, porque de la noche a la mañana todo puede cambiar inesperadamente. Y por algo ¡tan pequeño!. Además, no cambia solo nuestra realidad sino también puede cambiar la de aquellos que nos rodean.

La otra frase viene de la mano de mi padre y la entendí perfectamente al nacer mi hija mayor. Él me miró y viendo mi gesto de amor absoluto y total felicidad pero con un tinte de preocupación, me dijo: Y ESTO ES PARA TODA LA VIDA.

¡Qué razón tenía!. Porque la vida con ellas es así: llena de contrastes. Y hasta en los momentos en que crees que las cosas van fluyendo puede atascarse algo en el camino. Y Hasta en momentos como el de hoy, cuando crees estar sola, ellas aparecen en tu mente. Y tienes que luchar por ellas.

Así que hoy, bendigo los contrastes que le dan a la vida los hijos, aunque a veces te sacudan entre el blanco y el negro. Porque si no existieran esos momentos que te llevan al límite de las fuerzas como madre tampoco sabríamos ver que los buenos son los mejores de nuestra vida porque están ellos.

Porque si no pasamos como padres todos los atascos con ellos y por ellos no seríamos conscientes de lo que significa ser padres.

 

Gisela Renes

Es psicólogo y psicoanalista. Miembro del Centro Psicoanalítico Valenciano (APM) y Vocal en Valencia del IEPPM(Instituto de Estudios Psicosomáticos y Psicoterapia Médica).
Especialista en psicosomática y psicoterapia médica. Profesora de PIR-MIR en EVES en la asignatura de Psicoanálisis en niños y adolescentes desde 2009. Ha realizado conferencias sobre psicoanálisis entre las que destacamos algunas como “El miedo escénico; de la emoción a la creación” o “Un cuerpo para dos” en el Colegio de Médicos de Valencia.
Participó como psicoanalista infantil en la sección de Radio 9 " Cosas de nanos". Profesora del Máster de Arteterapia en la Universidad de Bellas Artes de Valencia.
Empieza en la música con veinte años. Mientras estudiabala carrera de psicología en Valencia (España) compaginaba un proyecto de música brasilera.En éste entró en contacto con Nacho Mañó, su marido, con el que hará la mayoría de sus proyectos musicales.

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